Oaxaca, una historia que no termina

Oaxaca y yo tenemos historia, por razones especiales siempre será uno de mis destinos favoritos y cada vez que hay ocasión de visitarlo no dejo pasar la oportunidad.

Hace unos días volví a este lugar por razones distintas a hacer turismo, pero, afortunadamente, hubo oportunidad de poder recorrer sus calles, poder disfrutar de un desayuno oaxaqueño y conocer nuevos rincones.

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Además del encanto arquitectónico de esta ciudad, Oaxaca es famosa en el mundo por su exquisita gastronomía. Queso, tlayudas, mole, chocolate, chapulines y, por supuesto, mezcal, son parte importante de su oferta y ningún visitante, sea cual sea la razón por la que esté ahí, debe perderse la oportunidad de probarlo.

Mi visita,  que sólo duró unas horas, empezó con una escala en “La Flor de Oaxaca”, un restaurante ubicado en la calle de Armenta y que más que un lugar ostentoso, es un sitio de comida económica. En su menú es posible encontrar mole amarillo, chilaquiles con tasajo verdes o rojos, entomatadas, enfrijoladas y todo tipo de delicias, esto, acompañado de un café de olla reparador.

Después de este desayuno (que advierto, es una bomba), tuve oportunidad de realizar un paseo típico por la Iglesia de Santo Domingo, un templo barroco del siglo XVII  que es uno de los iconos representativos de la ciudad. Mi guía me contaba que es el punto de reunión por excelencia para locales y extranjeros y con toda la razón, pues aunque no haya nada que hacer específicamente en ese lugar, cualquier pretexto es bueno para detenerse un momento a contemplarla.

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La caminata conduce naturalmente a una pequeña plazuela de calles empedradas justo al lado derecho del Templo de Santo Domingo, ésta es conocida como “El Pañuelito” y en ella se llevan a cabo fiestas populares o privadas, finalmente, y esto es prácticamente una obligación, recorrí el “andador turístico”, una avenida peatonal empedrada con cantera verde.

Una agradable novedad, fue el toparme en un estrecho callejón con el nuevo Centro Académico y Cultural San Pablo, una especie de museo, galería, biblioteca, cafetería y centro de estudio construido dentro del ex convento de San Pablo, aquí es posible ver, desde los niños que acuden como paseo escolar, hasta gente leyendo tranquilamente en sus instalaciones, turistas tomando café en su restaurante terraza o incluso escritores famosos dando entrevistas usando este lugar como locación ideal.

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Definitivamente Oaxaca amerita más que horas, los pueblos que están alrededor, sus ruinas arqueológicas, las pequeñas galerías de arte que forman parte de la ciudad o incluso dedicar la visita únicamente a hacer un tour gastronómico pueden hacer que este sea un viaje inolvidable…

Oaxaca es un lugar al que hay que volver y, cruzo dedos para que mi siguiente visita dure por lo menos un par de horas más.

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